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lunes, 19 de enero de 2015

sábado, 17 de enero de 2015

viernes, 16 de enero de 2015

En las ondulaciones eternamente cambiantes del agua hay un no se qué que entiendo.


jueves, 15 de enero de 2015

lunes, 15 de diciembre de 2014

Todo lo que ya sabes



Conoces a todo el mundo, aunque sólo me conozcas a mí. Sabes mucho de literatura, aunque sólo hayas leído una novela. Has visto muchos árboles, aunque en tu jardín sólo crezca uno. Has probado todas las frutas, aunque sólo hayas saboreado un limón. Te has acostado con muchas chicas, aunque sólo una haya estado en tu cama. Has viajado por todo el mundo, aunque nunca hayas salido de tu habitación. Has vivido muchas vidas, aunque sólo hayas vivido la tuya. Conoces la eternidad, aunque sólo estés aquí y ahora. Por el momento, este texto sólo puede decirte cosas que ya sabes.

viernes, 12 de diciembre de 2014

¿Quién eres ahora?



La hierba me cosquillea los brazos. El cielo es inmenso. Las nubes se deslizan con sabia lentitud, reflejando la conciencia. Alguna mosca perturba la paz del oído y temo la visita de alguna avispa que me pase inadvertida. Pero sobre todo son las manos las que juegan, enraizándose, tirando del suelo, arrancando la hierba, hierba que va a parar a mi nariz, a mi boca, para sentirla, para sentirme un todo. Mi alma es el alma del universo. Mi historia no puede ser muy diferente de la de ese suelo natural. Ellos conversan pausadamente, hablando de alguna cosa sin importancia, ausentes al silencio del mundo que nos envuelve, que nos permite Ser. Mis angustias quedan lejos, sus gritos amortiguados son percibidos como desde una vasta lejanía. Una bandada de pájaros salpica el cielo moviéndose en comparsa, ondulándose como una cinta alegre en el inabarcable ojo azul. Quietud. Ahora sólo puedo amar. Ahora he podido sentir el alivio de olvidarme de mí mismo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Lo sospechoso de una puerta


¿Sabes? Es extraño que en tanto tiempo no me haya dado cuenta. Las mismas paredes, la misma dureza del catre, la misma luz entrando por el alto ventanuco en el cuchitril maloliente. Apenas puedo distinguir mi cuerpo entre la sombra y la sábana. Y no hay nada aquí, nada excepto el catre, la puerta y yo. Siempre la he visto ahí, cerrada como un punto final, como una superficie intratable, como una realidad que no admite discusiones. Ella no sólo confirma mi cautiverio, sino que también ha decidido lo que soy, cómo soy, lo que me corresponde en esta vida.  Está aquí para definirme, delimitarme, confinarme, encerrarme. Y lo más raro es que hasta ahora siempre he pensado que esto era mi naturaleza; esto, mi destino; éste, mi trozo del pastel (ese que gustoso hubiera intercambiado por cualquier otro a la mínima ocasión).
Yo no sé mucho de puertas –nunca he salido de esta habitación-, pero ésta que tengo delante la conozco tan bien que podría afirmar que las he visto todas. Mis ojos me la dibujan robusta, con una aparatosa cerradura, con un pomo casi risible; en su día, alguien me convenció de que estaba cerrada con triple vuelta de llave y que la llave no la tengo yo, que otro la arrojó al mar antes de que yo naciera.
Sin embargo… ¡qué raro lo de hoy! Me he levantado, he vacilado en la penumbra, mi mano temblorosa ha agarrado el pomo y… ¡nada, no ha agarrado nada! Mis ojos tanteaban la puerta, pero mis manos veían el vacío. Me quedé un rato de pie, sin dar crédito a lo que ya había empezado a sospechar unos días atrás. Reuní el coraje suficiente para atravesar la puerta. En efecto: había salido, estaba fuera.
No es que yo sea un fantasma; es que nunca hubo puerta.