A Felipe Ortega-Regalado
Ya Platón vio
que nos dan miedo sólo
sombras chinescas.
Espacio literario de juego y reflexión donde se publican fragmentos, poemas, microcuentos, sentencias y otros textos del autor.
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martes, 24 de marzo de 2015
Naufragios
Embárcate
desnudo en el silencio,
atraviesa
ese mar de malestares.
No
anheles ningún puerto.
sábado, 21 de marzo de 2015
Últimas palabras
Despedidas nunca quise,
mas esta vez, si me fuerzo,
diré adiós para que no
te pienses que no te quiero.
En estos versos que escribo
tengo que ser muy concreto.
Octosílabos elijo
porque no digas que he muerto
sin demostrar mi valía
en lírica y en consejos.
Tú serás la lengua sabia,
nieto mío, de tus tiempos,
y hallarás la paz que habita
más allá de los tormentos.
Ahora tengo que irme,
volar hacia nuevos cielos,
cabalgar por otros bosques,
morar en otros desiertos.
No me da miedo morir
si en el vivir tuve acierto.
Pero, antes de partir,
he de contarte un secreto:
para empezar a vivir
hay que morirse primero.
mas esta vez, si me fuerzo,
diré adiós para que no
te pienses que no te quiero.
En estos versos que escribo
tengo que ser muy concreto.
Octosílabos elijo
porque no digas que he muerto
sin demostrar mi valía
en lírica y en consejos.
Tú serás la lengua sabia,
nieto mío, de tus tiempos,
y hallarás la paz que habita
más allá de los tormentos.
Ahora tengo que irme,
volar hacia nuevos cielos,
cabalgar por otros bosques,
morar en otros desiertos.
No me da miedo morir
si en el vivir tuve acierto.
Pero, antes de partir,
he de contarte un secreto:
para empezar a vivir
hay que morirse primero.
miércoles, 4 de marzo de 2015
Metamorfosis del corazón
Te quiero. Me gustas. Me atraes. Me
comprendes. Me haces sentir bien. Me completas. Me haces reír. Me sorprendes.
Me enriqueces. Me apoyas. Me hablas. Me acompañas. Pasas tiempo conmigo. Más
tiempo. Juntos. Inseparables. A veces nos enfadamos. Te grito. Me gritas. Te
miro mal. Me miras mal. Me río. Te ríes. Estamos bien. Siempre bien. Pasa el
tiempo. Vivimos juntos. Vivimos la vida. La vida nos vive. Los días son
distintos. Los días son iguales. Ayer, hoy, mañana. Siempre lo mismo. Ya no me
miras. Ya no te miro. Ya no me gritas. Ya no te grito. Te veo menos. No me
acompañas. No me hablas. No me apoyas. No me aportas nada. Me aburres. Me das
pena. Eres una carga para mí. Me das asco. No me entiendes. No me atraes. No me
gustas. No te quiero.
lunes, 23 de febrero de 2015
Diálogo en el templo
-Permite los
latigazos de Fortuna.
-¿Cómo? – me dijiste
abriendo mucho los ojos, con gesto de indignación-. Algo así es inhumano e
injusto. No puedo tolerarlo. Nadie en su sano juicio puede permitir esto, y
mucho menos dejarlo estar. Tengo que hacer algo para cambiar esta situación,
tengo que liberarme de lo que siento. ¡Por Dios, no hemos venido a este mundo
para sufrir!
Tus palabras
exaltadas sobrevivieron en una reverberación que se fue perdiendo por las paredes
del templo. Después, silencio.
-Tienes
razón. No hemos venido a este mundo para sufrir. Podemos trascender
nuestro sufrimiento.
-No creo que
algo así sea posible –declaraste, mirando al suelo con aire de condenado.
Luego me miraste con el rabillo del ojo-. ¿Cómo?
-Acepta de
corazón tu destino y serás libre.
lunes, 9 de febrero de 2015
Despedida
Dejé la caja en el maletero, soltando un suspiro.
-Es lo mejor que he podido hacer en quince años –decía mamá, mientras
bajaba las escaleras cargada con una maleta más grande que ella.
Adrián estaba en el jardín. Miraba el horizonte, lleno de nubes malhumoradas
y sol melancólico. El viento hacía susurrar los árboles. El frío había
enrojecido sus mejillas. Me acerqué a él.
-¿Es que mamá ya no quiere a papá? –me preguntó.
-No es eso. Es sólo que necesita cambiar de vida durante un tiempo.
Después volverán a estar juntos –mentí.
Adrián volvió a mirar el horizonte, soltó una tosecilla y miró a su dinosaurio
de peluche. Lo abrazó con fuerza.
-¡Vamos, niños! ¡Cuánto antes nos vayamos de aquí mejor! –gritó mamá
desde el coche.
Adrián subió al coche. Yo me quedé unos segundos más. El
columpio, con algunas hojas en los asientos, se balanceaba ligeramente. Inopinadamente,
habían florecido unas setas en medio del césped. Las enredaderas trepaban por
el borde de la fachada hasta casi tocar el tejado. Algo me impulsaba a grabar
todos esos detalles en la memoria. En la ventana abierta del segundo piso había
una luz tenue, pero papá no se asomaría diciendo adiós con la mano.
Subí al coche y tardé en conseguir ponerme el cinturón. Al atravesar
la cancela abierta, noté que mamá se tranquilizaba. Sentí su mirada en
el retrovisor. Me giré para ver la casa por última vez. Los músculos de mi cara
se tensaron y la casa quedó desfigurada por mis lágrimas. Me mordí los labios,
esperando que ese dolor apaciguara el otro. Después decidí mirar el paisaje por
la ventanilla. Todo desintegrándose hacia atrás, la sucesión de árboles y
señalizaciones condenadas al olvido. Todo se iba quedando atrás.
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