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martes, 19 de septiembre de 2017

La espina



Cuando te pinches
solo mira la espina.
No hay nadie a quien culpar,
ni siquiera a ti.

¿Quién podrá quejarse entonces?
¿Quién buscará la causa?
¿Quién rechazará el dolor?
¿Quién buscará revancha?

A mí todos los miedos,
a mí todas las penas,
que yo sabré amarlos,
haciendo de tripas, corazón.

Después no quedará nada,
pues nunca hubo nada.
La música del viento,
una nube que pasa.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Sudor de manos



¿Yo me observo o pienso?
Pienso lo que observo.
Observo obseso el seso
y sus espinas muertas.

Mas, ¿dónde la vida?
¿dónde sino en estas manos
ardientes y jaspeadas
que corren a ocultarse
donde el temblor no las vea?

Solo el despierto agradece
estas palmas regadas,
sus diminutos diamantes,
sus huellas de agua.

Mira en ellas la maravilla,
mira en ellas quién eres.
Ni fuego, ni agua, ni tierra, ni aire,
ni siquiera esas palmas eres tú.

Mira más adentro,
más allá de la forma.
Mira al Universo
que se celebra y llora.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Relámpago

Noche que me atormentas,
apenas puedo verme a mí mismo
entre tanta niebla pensada
y tanto trueno infundado.
Pero uno solo de tus relámpagos
bastará para sanarme.
Ahora veo esa luz inesperada
y me maravillo.
Cómo en un instante
he sido tocado por tu belleza
y deslumbrado en cada una de mis sombras,
dejándome todo paz,
ya sin nombre ni cara,
tan desnudo que no me viste
la más leve inquietud.
Las campanas nos llaman una y otra vez
al reposo en la nada.
Me quedaré aquí,
gozándome de mi inexistencia,
muerto en la playa del sinsabor,
vivo en las olas que me traen y me llevan
pero que eternamente me sostienen.

domingo, 9 de abril de 2017

Abrazo mutante


Vamos a abrazarnos. No como antes, no un abrazo torpe y apremiado por las circunstancias y los rostros mirando. Vamos a hundirnos en un abrazo sin tiempo y sin público. Vamos a abrazarnos como si solamente supiéramos hacer eso, estar pegados el uno al otro, sintiendo la tibieza de nuestros cuerpos, sin preocuparnos de que tu pelo se quede adherido a mis labios o de que la altura de mis manos en tu cintura rebase el límite que marca el pudor. Vamos a agarrarnos con firmeza, sin soltarnos ni un segundo, deseando que nuestra unidad no desaparezca. Vamos a seguir abrazándonos, aunque nos cansemos y nos quedemos como muertos en los brazos del otro. Vamos a permanecer mucho tiempo abrazados, hasta que parezca que esas uñas pintadas son mías y que estas piernas vellosas son tuyas. Vamos a disolvernos en este abrazo, hasta que tenga la impresión de que tu piel es una prolongación de la mía y de que tengo cuatro brazos y cuatro piernas, enrollados en torno a los dos ombligos que se besan, siendo todo yo y toda tú una criatura bicéfala que solamente sabe amar. Y así, monstruosamente unidos, vamos a volver al origen, al centro de quienes somos, hasta que la propia noción de nosotros se vuelva vaga e inútil. Vamos a seguir abrazados en una sola respiración, sintiendo las mejillas como un cálido trasvase de afectos silenciosos, convirtiendo la caricia en nuestro único lenguaje. Vamos a abrazarnos para siempre, hasta olvidar que un día estuvimos separados.

sábado, 4 de febrero de 2017

La muerte doble



El descansillo encerrado en una pompa de jabón, con la escalera deforme, las paredes curvas, los pasos aproximativos y entonces la figura de Sebastián emergiendo cansada, cabezona, para situarse gravemente frente a la puerta, mostrándome su nariz ancha como una patata, casi sintiendo su aliento tras la mirilla. Aún permanezco unos segundos inmóvil, con la mano en el pomo, disfrutando de la espera de Sebastián, que, en un momento perfeccionista, decide mover el felpudo con el pie para colocarlo paralelo a la puerta. Alejo el ojo de la mirilla y recibo a mi enemigo con un caluroso abrazo. Apesta a tabaco. La intensa luz del vestíbulo nos deja torpemente suspendidos el uno frente al otro. Para disimular ese apuro, le digo que me entregue su abrigo y su bandolera, y los cuelgo cuidadosamente en el perchero.

Sebastián se echa la oscura melena hacia atrás con un suspiro y se dirige vacilante al salón, donde nos esperan las aceitunas, las patatas y el vino. Soy prácticamente abstemio, pero para estas ocasiones especiales el alcohol saca un lado desconocido de mí, una veta que me asusta y me enorgullece al mismo tiempo. Sebastián se deja caer pesadamente sobre el sofá antiguo, que cruje sin remedio y casi parece que se va a quebrar, y yo disimulo mi repentino desprecio ofreciéndole el cuenco de aceitunas. Coge una de las que está al fondo, arrastrando consigo el líquido que lagrimea sobre la tapicería roja, y se pone a hablar atropelladamente de ese bufete en el que no se para de trabajar, de los colegas malhumorados y displicentes, de la menopausia de su esposa, Alicia, y del partido de fútbol de la víspera. Yo no entiendo nada de esas cosas que nunca me han interesado. Me limito a observar las hojas meciéndose tras la ventana, el día pálido, y mi propio reflejo, mis ojos fijos y coléricos sobre el cristal. Cuando cojo la primera patata, Sebastián está hablando de ese cantante latinoamericano que está arrasando. Insiste en ponerme su último éxito en el móvil. Mastico la patata frita lentamente, mientras sus saladas aristas se deshacen en mi saliva, mientras empieza a sonar esa basura carente de imaginación, de ritmo troglodítico, mientras Sebastián mueve la cabeza con una suerte de infantil convencimiento. Me resulta curioso que este sea el día en que Sebastián va a morir y casi me conmueve el hecho de que no lo sepa, de que esté tan relajado sobre mi sofá, escuchando su música y paladeando mis aceitunas.

Es preciso no prorrogar más lo inevitable. Pretextando una urgencia urinaria, me escurro por el pasillo y me dirijo a la cómoda. Abro el tercer cajón y saco la pistola. No sé por qué, al sopesarla, se me ocurre que quizá el testamento de Sebastián esté detrás de alguna de las estanterías de su casa, perdido entre tanto pleito y tanta defensa. Pienso que Alicia lo encontrará en algún momento, más adelante, tras el funeral. Me guardo la pistola en el bolsillo y vuelvo al salón luminoso, cálido, donde Sebastián está ahora de pie, apuntándome con una Federson exactamente igual que la mía y temblando como un niño en su primera obra de teatro escolar. No sé por qué al dispararme, Sebastián cayó redondo sobre el parqué, y yo sentí el suelo en la cara, y vi sus ojos asustados que comprendían, que al fin comprendían, mientras me palpaba el torso y veía la sangre en mi mano, y el quejido último, y el salón luminoso, cálido y tranquilo como una inmejorable despedida, y la ventana, y las hojas meciéndose tras el cristal.

lunes, 23 de enero de 2017

A Polo y Dafne



Era un hombre solitario, como todos los genios. Para evitarnos problemas le llamaremos de aquí en adelante Polo. A Polo le gustaban las mujeres. No podía remediarlo. Las miraba constantemente, ya paseara por la calle, fuera al súper o se metiera en algún bar. A Polo le gustaban los bares, los bares llenos de jazz y de mesas vacías. Era su modo de reconectar con su verdadera naturaleza y relajarse un poco. Otros hacían pilates, acupuntura, meditación… Polo se sentaba en un taburete y se quedaba mirando los estantes repletos de botellas, las fotos de saxofonistas, las bellas y ajetreadas camareras…Por eso se alegró tanto cuando aquella noche descubrió el nuevo bar, uno que acababan de poner en la calle Jazmín, antes de llegar a la Plaza de Monteagudo. Sobre la entrada, cuatro palabras: BAR CAFETERÍA EL LAUREL. Entró con paso vacilante, con una timidez que no era propia de él, y miró torpemente a su alrededor en busca de la barra. A un lado del escenario iluminado, donde un contrabajo descansaba contra una silla, Polo distinguió a una muchacha azulada, imprecisa, que servía las primeras copas de la noche a los primeros clientes. Era Dafne, por supuesto, pero esto Polo no lo averiguaría hasta dos horas y siete minutos más tarde. Se acercó a la barra con la misma sensación que experimentó su hijo Lino cuando Polo le regaló, veinticuatro navidades atrás, una nave espacial, y pidió mecánicamente un gin-tonic con limón, por favor. Dafne tenía un culo portentoso, sobre todo en relación al resto de su más bien magro y nínfico cuerpo. Polo chupó el limón con más delectación que de costumbre y jugueteó nerviosamente con los hielos que flotaban en la superficie de la copa.
Las primeras notas del saxo le sacaron de su dulce ensimismamiento y, cerrando los ojos, dejó que la música le embriagara hasta la punta del recuerdo, donde estaba él, con Jaime, Diego y los otros chicos ensayando en aquel garaje inmundo durante la primavera de 2017. Su novia por aquel entonces, África se llamaba, les miraba sentada sobre un amplificador, con la barbilla apoyada sobre las rodillas. Y los ojos marrones de África tenían algo que ver con el piano en esa versión de Summertime que se desgranaba lentamente, casi sin público, y con aquella vez en que ella había llorado sobre su hombro al decirle que ya no le quería. Una profunda nostalgia, que solamente puede sentirse desde la música, le hundió en sí mismo, como un bebé hundiéndose en la cuna, como un místico hundiéndose en la morada interior. Y sintió la inmortalidad de todas las cosas, quietas en su móvil perfección, como cuando se resuelve por fin un problema matemático tras varias horas de incomprensión. Dafne le miró desde un extremo de la barra, secando concienzudamente un vaso con un trapo. No debía mirarla demasiado para que ella no se asustara, para que ella no pensara que Polo era uno de esos viejos babosos que no tienen nada mejor que hacer que irse a un bar a mirar los culos de las camareras. Polo era diferente. Polo era un hombre importante, aunque nadie le conociera.
Cuando terminaba Strangers in the Night, Polo vio que las mesas del bar estaban mucho más llenas. Se alegró de que la música hubiera triunfado, atrayendo a todos esos corazones al gran corazón de viento y cuerda. Eran casi las once. Polo supo el número de copas que llevaba gracias a los cinco húmedos círculos, casi concéntricos, que había dibujados sobre la barra. Dafne se había recogido el pelo en una coleta y se abanicaba el rostro colorado con la mano.
―Oye, bonita, ¿cómo te llamas?
Ella se acercó a Polo, esperando oír otra cosa.
―Digo que cómo te llamas.
Polo se fijó en la purpurina de sus párpados.
―Dafne –contestó ella, sonriendo.
―¿Qué edad tienes?
―Veintidós, señor.
―Eres preciosa, ¿sabes? Me habría gustado tener una hija como tú… tan guapa.
―Gracias, señor –dijo Dafne, y se alejó rápidamente para atender la petición de otro cliente.
Era inútil perseguirla con más preguntas. Polo sabía que no volvería a hablar más con ella, sencillamente porque no habrían tenido nada más de qué hablar. Demasiado joven. Polo miró sus manos de pianista fracasado, arrugadas y llenas de manchas. De repente, Dafne volvió hacia él y le dijo: “No se preocupe por la cuenta, señor. Es nuestro día de inauguración. Hoy invita la casa”. A Polo le pareció que Dafne le había guiñado un ojo. Polo trató de sonreírla con dulzura, con verdadera dulzura. Ella se percató y también le sonrió, aunque con más protocolo que sentimiento.
Un poco más tarde, o quizá mucho más tarde (el jazz sacaba a Polo fuera del tiempo), Dafne se soltó la coleta, sacudió la cabeza con un movimiento libre y suntuoso de su pelo rubio, se puso un abrigo y se marchó. Polo se quedó en su taburete completamente quieto, dejando que aquello sucediera, observando sus propias ganas de impedir que aquello sucediera, y luego volvió a prestar atención a la música, a la música remota, huérfana, ajena. Le pareció cómico que fuera Love Story, precisamente, la canción que cerrara el concierto de esa noche, y cuando sus pies pisaron de nuevo el suelo de la calle, buscó desesperadamente una señal que le revelara por dónde había ido Dafne. Ni las paredes de cal, ni el tren de cercanías que pasaba a lo lejos, ni el gesto del vagabundo que trataba de dormir con viejas mantas le dijeron absolutamente nada. Solamente el árbol, ese árbol que desprendía un potente magnetismo, ese árbol que encontró en la Plaza de Monteagudo parecía querer decírselo. Se acercó a él y puso una oreja sobre el tronco. A Polo no le gustaba la botánica y no tenía ni idea de árboles. Así que no pudo saber (y nunca supo) que ese árbol era un laurel.