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lunes, 25 de septiembre de 2017

Cena socorrida



                                                              A mi vecina Socorro


Andaba yo perdido,
doblando cada calle de mi alma,
soñándome dolido,
girando el pensamiento sin sentido.

Llegando a mi portal,
me vi sin llave y nadie a quien llamar.
La desesperación me hizo tocar
el timbre a una vecina.

-¡Sí, claro, Santi, sube!
-me dijo ella, algo sorprendida.
Me abrió la puerta, suave bienvenida,
y en la luz del salón, al fin, me supe.

La familia, cenando en la gran mesa,
me acogió con cariño.
-¿Qué tal están tus padres?
-¿Y tú qué tal, mi niño?

Las croquetas ricas, fino el tomate,
-Sírvete un poco más, que aún queda fanta
-me dijo Ana, con su voz de santa,
¿y quién podía negarse?

Me vi escuchado, me sentí querido.
Luego llegó mi madre y su vestido.
-¡Qué elegante vas tú a todas partes!
Y su risa se oyó de regocijo.

Esa cena me sanó el corazón.
Gracias por socorrerme,
gracias por acogerme,
gracias, Socorro, por tu buen amor.

martes, 19 de septiembre de 2017

La espina



Cuando te pinches
solo mira la espina.
No hay nadie a quien culpar,
ni siquiera a ti.

¿Quién podrá quejarse entonces?
¿Quién buscará la causa?
¿Quién rechazará el dolor?
¿Quién buscará revancha?

A mí todos los miedos,
a mí todas las penas,
que yo sabré amarlos,
haciendo de tripas, corazón.

Después no quedará nada,
pues nunca hubo nada.
La música del viento,
una nube que pasa.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Sudor de manos



¿Yo me observo o pienso?
Pienso lo que observo.
Observo obseso el seso
y sus espinas muertas.

Mas, ¿dónde la vida?
¿dónde sino en estas manos
ardientes y jaspeadas
que corren a ocultarse
donde el temblor no las vea?

Solo el despierto agradece
estas palmas regadas,
sus diminutos diamantes,
sus huellas de agua.

Mira en ellas la maravilla,
mira en ellas quién eres.
Ni fuego, ni agua, ni tierra, ni aire,
ni siquiera esas palmas eres tú.

Mira más adentro,
más allá de la forma.
Mira al Universo
que se celebra y llora.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Relámpago

Noche que me atormentas,
apenas puedo verme a mí mismo
entre tanta niebla pensada
y tanto trueno infundado.
Pero uno solo de tus relámpagos
bastará para sanarme.
Ahora veo esa luz inesperada
y me maravillo.
Cómo en un instante
he sido tocado por tu belleza
y deslumbrado en cada una de mis sombras,
dejándome todo paz,
ya sin nombre ni cara,
tan desnudo que no me viste
la más leve inquietud.
Las campanas nos llaman una y otra vez
al reposo en la nada.
Me quedaré aquí,
gozándome de mi inexistencia,
muerto en la playa del sinsabor,
vivo en las olas que me traen y me llevan
pero que eternamente me sostienen.

domingo, 9 de abril de 2017

Abrazo mutante


Vamos a abrazarnos. No como antes, no un abrazo torpe y apremiado por las circunstancias y los rostros mirando. Vamos a hundirnos en un abrazo sin tiempo y sin público. Vamos a abrazarnos como si solamente supiéramos hacer eso, estar pegados el uno al otro, sintiendo la tibieza de nuestros cuerpos, sin preocuparnos de que tu pelo se quede adherido a mis labios o de que la altura de mis manos en tu cintura rebase el límite que marca el pudor. Vamos a agarrarnos con firmeza, sin soltarnos ni un segundo, deseando que nuestra unidad no desaparezca. Vamos a seguir abrazándonos, aunque nos cansemos y nos quedemos como muertos en los brazos del otro. Vamos a permanecer mucho tiempo abrazados, hasta que parezca que esas uñas pintadas son mías y que estas piernas vellosas son tuyas. Vamos a disolvernos en este abrazo, hasta que tenga la impresión de que tu piel es una prolongación de la mía y de que tengo cuatro brazos y cuatro piernas, enrollados en torno a los dos ombligos que se besan, siendo todo yo y toda tú una criatura bicéfala que solamente sabe amar. Y así, monstruosamente unidos, vamos a volver al origen, al centro de quienes somos, hasta que la propia noción de nosotros se vuelva vaga e inútil. Vamos a seguir abrazados en una sola respiración, sintiendo las mejillas como un cálido trasvase de afectos silenciosos, convirtiendo la caricia en nuestro único lenguaje. Vamos a abrazarnos para siempre, hasta olvidar que un día estuvimos separados.

sábado, 4 de febrero de 2017

La muerte doble



El descansillo encerrado en una pompa de jabón, con la escalera deforme, las paredes curvas, los pasos aproximativos y entonces la figura de Sebastián emergiendo cansada, cabezona, para situarse gravemente frente a la puerta, mostrándome su nariz ancha como una patata, casi sintiendo su aliento tras la mirilla. Aún permanezco unos segundos inmóvil, con la mano en el pomo, disfrutando de la espera de Sebastián, que, en un momento perfeccionista, decide mover el felpudo con el pie para colocarlo paralelo a la puerta. Alejo el ojo de la mirilla y recibo a mi enemigo con un caluroso abrazo. Apesta a tabaco. La intensa luz del vestíbulo nos deja torpemente suspendidos el uno frente al otro. Para disimular ese apuro, le digo que me entregue su abrigo y su bandolera, y los cuelgo cuidadosamente en el perchero.

Sebastián se echa la oscura melena hacia atrás con un suspiro y se dirige vacilante al salón, donde nos esperan las aceitunas, las patatas y el vino. Soy prácticamente abstemio, pero para estas ocasiones especiales el alcohol saca un lado desconocido de mí, una veta que me asusta y me enorgullece al mismo tiempo. Sebastián se deja caer pesadamente sobre el sofá antiguo, que cruje sin remedio y casi parece que se va a quebrar, y yo disimulo mi repentino desprecio ofreciéndole el cuenco de aceitunas. Coge una de las que está al fondo, arrastrando consigo el líquido que lagrimea sobre la tapicería roja, y se pone a hablar atropelladamente de ese bufete en el que no se para de trabajar, de los colegas malhumorados y displicentes, de la menopausia de su esposa, Alicia, y del partido de fútbol de la víspera. Yo no entiendo nada de esas cosas que nunca me han interesado. Me limito a observar las hojas meciéndose tras la ventana, el día pálido, y mi propio reflejo, mis ojos fijos y coléricos sobre el cristal. Cuando cojo la primera patata, Sebastián está hablando de ese cantante latinoamericano que está arrasando. Insiste en ponerme su último éxito en el móvil. Mastico la patata frita lentamente, mientras sus saladas aristas se deshacen en mi saliva, mientras empieza a sonar esa basura carente de imaginación, de ritmo troglodítico, mientras Sebastián mueve la cabeza con una suerte de infantil convencimiento. Me resulta curioso que este sea el día en que Sebastián va a morir y casi me conmueve el hecho de que no lo sepa, de que esté tan relajado sobre mi sofá, escuchando su música y paladeando mis aceitunas.

Es preciso no prorrogar más lo inevitable. Pretextando una urgencia urinaria, me escurro por el pasillo y me dirijo a la cómoda. Abro el tercer cajón y saco la pistola. No sé por qué, al sopesarla, se me ocurre que quizá el testamento de Sebastián esté detrás de alguna de las estanterías de su casa, perdido entre tanto pleito y tanta defensa. Pienso que Alicia lo encontrará en algún momento, más adelante, tras el funeral. Me guardo la pistola en el bolsillo y vuelvo al salón luminoso, cálido, donde Sebastián está ahora de pie, apuntándome con una Federson exactamente igual que la mía y temblando como un niño en su primera obra de teatro escolar. No sé por qué al dispararme, Sebastián cayó redondo sobre el parqué, y yo sentí el suelo en la cara, y vi sus ojos asustados que comprendían, que al fin comprendían, mientras me palpaba el torso y veía la sangre en mi mano, y el quejido último, y el salón luminoso, cálido y tranquilo como una inmejorable despedida, y la ventana, y las hojas meciéndose tras el cristal.